Por Mario A. Medina
El final de mi columna -Que no le cuenten- de la semana pasada decía: “Hablando de Julios, de la denuncia periodística, de su ejercicio, no podemos decir: “de tal palo, tal astilla”. Y es que sí, “el muchacho” no sacó nada del padre”.Estoy hablando, claro, de dos Julios, Julio Sherer García, el gran periodista que enfrentó al gobierno represor de Luis Echeverría Álvarez; que salió del diario Excélsior, y con un grupo de reporteros fundó la revista Proceso, desde donde hizo el mejor periodismo y más crítico en muchas décadas en el país. Congruente. El otro Julio, es su hijo, Sherer Ibarra.
Un muchacho que, a querer o no, creció a la sombra de su padre, pero que ha mostrado ahora, siendo un señor muy adulto, que no aprendió, al parecer, nada de su progenitor. Al menos nada de lo que representa y significa la lealtad, la congruencia y la veracidad. Señalo lo anterior, luego de haber leído el libro: “Ni venganza ni perdón”.
Una supuesta entrevista, pregunta- respuesta- que le habría hecho el periodista, el argentino, Jorge Fernández Menéndez -ahijado de Felipe Calderón-, y digo una supuesta entrevista, porque pareciera que se estructuró a partir de un interés político, el de golpear, al ex jefe de Sherer Ibarra, a la Cuarta Transformación (4t) y, claro está, a la presidentA Claudia Sheinbaum.
Ambos intentan exhibir en el libro al gobierno de AMLO a partir de información que, durante seis años de su gobierno, conocimos en columnas periodísticas, en muchas notas mentirosas, en versiones interesadas o en hechos que, muy probablemente sí pudieron haber ocurrido, pero que Sherer Ibarra no busca esclarecer, pretende aplastar a Andrés Manuel.
El junior no aporta nada.Por ejemplo, dice que AMLO es un “necio”. Efectivamente Andrés es un necio recalcitrante, y bastan unos ejemplos para confirmarlo.Si no lo hubiera sido no hubiera llegado a dónde llegó a pesar de los miles de millones de pesos que empresarios invirtieron para que no ganara a la Presidencia, y todo tipo de argucias de políticos del PRIANRD que buscaron desaforarlo y hasta buscaron jubilarlo, como querían “Los Chuchos”.Sherer atribuye como defecto lo que es una virtud en el expresidente. Lo acusa de no saber de economía.
Efectivamente. Andrés no sabía de economía, de esa que enseñan en el Instituto Tecnológico de Monterrey, en Harvad, en el Instituto de Tecnología de Massachusetts o en Yale. Sin embargo, hizo lo que nadie hizo: 13.4 millones de mexicanos salieron de la pobreza.Y es que el tabasqueño creó un paradigma económico que puso fin al neoliberalismo para fundar un modelo propio con una premisa fundamental: “Primero los pobres”.
El texto se vuelve irrelevante, cuando ni Fernández Menéndez ni Sherer Ibarra, documentan las acusaciones con pruebas. No hay ni una sola prueba que compruebe las culpas que le cargan y que pretenden prevalezcan en el “imaginario” social y político.Ni el hijo de Sherer García ni el periodista que trabaja para el dueño de TV Azteca cumplen con un principio del periodismo cuando se acusa: pruebas, pruebas y más pruebas. Lo escrito ahí son versiones, dichos, chismes. Son sólo eso.
El texto de poco más de 300 páginas era evidente que iba a causar revuelo. Se compartió por las redes sociales antes de su presentación oficial. Su venta en las librerías era lo de menos. El propósito es tratar de crear un escándalo a partir de una narrativa que tiene un propósito, insisto, desprestigiar a López Obrador, a algunos de sus cercanos y echar abajo no a la “Cuarta Transformación” como concepto, sino como un momento de la historia de México, borrarla, pues.
La “nota bomba” del libro de Sherer Ibarra-Fernández Menéndez no sólo se comentó en columnas, artículos y caricaturas en los llamados medios nacionales, suscritas por malquerientes de AMLO, por igual se reprodujeron por miles en diarios de provincia, en programas de radio y televisión. Hablo de traición porque es ignominioso que, por ejemplo, en el capítulo 7: “El infarto”, Sherer Ibarra se desvive en alabar a quien llama su amigo, al que califica de ser un hombre modesto, sencillo, a quien agradece los buenos conceptos en que tenía a hacia su padre cuando aquel murió, que hasta “se le quebró la voz”, pero también hacia él: “fue amorosísimo conmigo.
Tuvo palabras excepcionales hacia mi persona, pero sobre todo hacia mi papá”. Lo mismo agradece a Beatriz Gutiérrez la esposa de López Obrador de quien reconoce “un genuino pesar por la muerte de mi padre”, y que el “deceso impactó mucho a la familia de Andrés”. De la esposa del expresidente dice que “tiene una agudeza intelectual, (y que) él es inteligente, tiene cosas que fascinan”.
Entonces, ¿cómo puede alguien llenar un capítulo de alabanzas, de encenderle incienso y presumir al principio del libro que de los 28 años que tiene de conocerlo, 24 “estuvieron marcados por una relación que llegó a ser cercanísima”, para luego tratar de acabarlo sin documentar sus dichos con pruebas, de sumarse a quien buscó y sigue buscando desdibujar y echar abajo el proyecto social de Andrés Manuel? El libelo los exhibe, deja mal parados al par de autores y sus patrocinadores.
Vaticino que este libro, este nuevo intento, y los que vengan, son y serán textos baratos como la historia que pretendió construir Julio Sherer Ibarra, el muchacho que no heredó nada del padre, porque la crítica desde la insignificancia es irrelevante.
Que no le cuenten…
Para decirse periodista de izquierda, hay que serlo y Jorge Meléndez Preciado lo supo ser. Murió. Fue un reacio defensor de la libertad de expresión y del gremio. Militó en el Partido Comunista Mexicano de 1972 a 1981. Hizo periodismo desde el profesionalismo, la congruencia y la persistencia; no olvidó sus ideales que por fortuna socializó. Antes de irse, pidió a todos seguir «luchando para lograr un cambio y acompañar a quienes no tienen nada y son oprimidos por el sistema». Gracias Jorge.












